jueves, 1 de noviembre de 2012

noviembre

no 
vi
em
bre(ve)

vi despacio
vi suavemente
vi la brevedad de mi dosmildoce
intenso él
emociones violentas
descubrimientos
mudanzas varias de pieles varias

alta revolcada me viene dando
el año del dragón
me encendió
tiró fuego hasta por los ojos

me prendió y así encendida quedé
bien ahí che
aprendizajes de fuego han sido
constantes profundos tribales implacables irreversibles inolvidables

sacudime más que ya te caché el paso
de tu baile frenético

dale que se termina la fiesta-

miércoles, 31 de octubre de 2012

de-

traducir
dejar de tener
solo anteojos
de ver
me

empezar a sentarse arriba de

tenerte adentro de

mirarte desde

no


traducir
terminar de creer que

hablame así
sacame de mi jaula así
dejame a la intemperie
que me moje así que llore así

mentime acostumbrame
dejame sola así

que yo estoy aprendiendo a

que hay capítulos más ásperos que

que está bueno un poco de pasión
que se pone adrenalínica la

y me gusta

que-


domingo, 7 de octubre de 2012

Nocturno postal-


Fabián:
Antes de empezar, quiero hacerte un pedido. Quiero que esto que digo quede entre vos y yo. Que no le muestres esta carta a nadie.
Quiero contártelo porque necesito compartirlo. Al principio era algo insignificante para mí. Más que insignificante, cotidiano, sin mayor importancia.
Pero últimamente, hay cosas que me están preocupando.
Cada noche aparece por mi casa un personaje particular. Él cree que yo no me doy cuenta. Cree que no lo conozco, y hace miles de trucos y de esfuerzos para mantener su invisibilidad. Es sigiloso y se mueve con cuidado, a pesar de su cuerpo enorme y tosco.
Viene, camina por la casa, mira los libros.
Yo me hago la tonta. No me le quiero aparecer. Me da pena que se sienta descubierto.
No sé por qué se esconde, pero intuyo que es importante para él –muy importante- que yo no lo vea.
Trae siempre consigo una bolsa con piedras. Sí, esas piedras de las obras en construcción, esas azuladas. Se lleva una de acá, una de allá. Le encantan. Se las come con un placer que no podría describir.
Yo nunca tuve ningún problema con él. Es más, me gusta sentir su presencia, es una compañía para mí  en esta casa tan grande (y viste además que a la noche las cosas suelen parecer más grandes de lo que son)
Cuando lo oigo llegar sonrío. O algo sonríe dentro de mí. Él va y viene con tanto cuidado… si lo vieras…
Yo no sé su nombre. No sé si tiene nombre. Pero como nunca había hablado de él con nadie… me alcanzaba con pensarlo.
He pasado horas sin dormir, escuchándolo comer sus piedras y hojear mis libros. Le gustan mucho los libros pequeños. ¡Se ve tan hermoso en su enormidad sosteniendo un libro pequeño!
Bueno, pero el motivo de mi carta es para contarte que últimamente me tiene muy preocupada, Fabián.
Lo noto distraído… hasta me animo a decir que está triste. Siempre fue extremadamente cuidadoso, dejaba todo en su lugar, todo en orden. No daba indicios de sus recorridos, de sus estadías nocturnas en mi casa.
Un día, Fabián, dejó sobre la mesa un libro que yo estaba segura que lo tenía en la biblioteca, bien guardado, y que hacía años que no leía. Me sorprendí. Y así alguna que otra cosita.
Pero esta mañana… lo de esta mañana me alertó sobremanera. Encontré una de sus piedras en la batea del baño Fabián…
Me siento realmente confundida. No sé si él está queriendo que yo lo vea. Dudo. No quiero lastimarlo… Lo quiero tanto. No me siento capaz de interpretar estas señales.
Siento que quizás me necesite. ¡Una piedra en la batea! ¿Entendés Fabián?
Pero no quiero empeorar la situación apareciéndome, y que se de cuenta que todo su esfuerzo porque no lo vea nunca funcionó.
Me siento confundida. Y con unas ganas locas de abrazarlo. Pienso a cada minuto en mi amigo nocturno. Ya no puedo dejar de quererlo.
Si pudieras Fabián a la distancia darme tu opinión… Siento que le di tantas vueltas al asunto que perdí claridad.
Cuando vengas te hago una torta de limón.
Hablando de eso… hace rato que no venís Fabián-
Te abrazo

viernes, 24 de agosto de 2012

planta

la puta que duele
duele todo cuando

duele todo cuando

te rompés un dedo
que creías que no servía para un carajo
y te das cuenta
de lo importante
que era ese dedo
para todo

duele la cabeza
duelen hasta los pelos

me empezó a doler todo esta mañana
me desperté con los pies doblados
los brazos curvados
todo doliendo

la cara arrugada
la cara con gesto de no entender

fui al baño para lavarme los dientes
y me vi
la piel
llena de brotes

brotecitos verdes

convertirse en planta
duele

martes, 31 de julio de 2012

menosmal

me depilé después de largo tiempo
pensé que esos pelos son como la barba de los hombres
ellos la dejan crecer y la cortan cuando quieren
y les cambia la apariencia de la cara

cuando era piba decía que quería
la depilación definitiva
menos mal que nunca tuve plata para hacerla

no tendría el placer de ver crecer mis pelos
de tocarlos
de sacarlos con pincita
de depilarlos cuando yo quiero

domingo, 29 de julio de 2012

Abuela dos

Al otro día, la otra abuela. No sé por qué el recorrido. No lo pensé, me salió. Una abuela, otra abuela.

Cuando abrió la puerta, dos cerraduras y pasador en un octavo be, me tocó la cara con las manos y sonrió. Siempre dice "Tanto tiempo" 
El tiempo es tan raro. No quiero ni pensar en si existe o no porque me da vértigo.


Tiene noventa años, y tiene tos. Sólo tos. Y algunas tristezas. Dice "Acá ando, como puedo"
Tiene la piel divina. Sus pensamientos son tan agudos y tan rápidos. Me contó que ya no se compra el diario porque le gusta mucho leerlo, y entonces se pasa todo el día leyéndolo y no hace otra cosa. Me dijo eso mientras tendía unos trapos en el lavaderito.


Me regaló botones, una caja de lata y unos libros de mi abuelo. Me dio varios ya. Iba recorriendo la biblioteca y me preguntaba ¿Einstein te interesa?


Cada vez que voy hay fotos diferentes en la biblioteca. Había dos en las que yo aparecía. Una de cuando tenía más o menos ocho años, toda despeinada. Y otra de más chica con mi hermano Martín.


Yo soy medio ratona y me interesa todo. Me traje los viajes de Marco Polo. Fascinante. Yo creo que me hubiera ido a la mierda como Marco Polo. 


Se siente fuerte el viento en el octavo. Pensé mientras la abuela revisaba sus mails. 


También me dio un chocolate. 
Me parezco a ella en que nos gustan demás los chocolates. 
Y en que somos exageradas y dramáticas, a lo García Lorca.

viernes, 13 de julio de 2012

sin costura

Domingo
con lo que me cuestan a mí los


Abuela número uno


Me tomé el tren Roca después de mucho tiempo. Atravesé la capital hasta salirme de ella.
En el oeste está el agite, es verdad. Bajé del tren y mis pies me llevaron hasta lo de mi abuela, usando la memoria de los pies llegué. Aunque debo decir que en una calle doblé mal, y di con una esquina desconocida. Un chico en la soledad de la tarde mediodía. Un chico en una patineta. Me dijo buenas tardes.


Toqué el timbre y mi abuela vino y me dijo estás más alta, o será que yo ya estoy achicándome. ¿Querés tomar algo? Unos mates. Nos sentamos en la cocina. La casa de mi abuela es para mi una ausencia del correr del tiempo, un espacio sin tiempo, un lugar donde el tiempo no entra. No sé si tengo ocho años, doce, veinte. Entrar a su casa y verla con sus vestiditos, con el olor rico, con el mate dulce. La foto mía esa con el buzo rosado, de cuando tenía tres años. Las plantitas en los focos de luz quemados. Los imanes en el calefón.


Charlamos. Enseguida encuentro algo para pedirle que me ayude. Esta vez a coser una bolsita. Mi abuela se hace abuela cuando me ayuda con algo, cuando me aconseja con algo, cuando abre los placarcitos y empieza a sacar puntillas, botones, telas. En ese acto de guiarme se abueliza.
Yo me dejo, obviamente. Aunque me gusta probar hacerlo yo y agarrar la máquina y verla al lado mirarme los recorridos chuecos de mis costuras.


Cuando yo era joven -me dice- mi mamá me decía hija tenés que aprender a coser, te vas a casar. Y yo le decía para qué. Yo no quiero coser. No me gusta. El que me quiera, que me quiera sin costura. 
Me miró y me dijo ¿Por qué tenía que aprender a coser para casarme? 
Mi feminismo de libros se hizo pequeño ante este, el de ella, salvaje, decidido.


Después, quise aprender, y cosí. 


La tele estuvo prendida toda la tarde aunque nunca la miramos. Voces que hacían ruidito. 
Me regaló unas medias, un pendorcho para hacer flores de lana, uno para hacer pompones. Yo me enamoré de sus pompones. Me dijo, qué loca cómo los tocás.
Nos reimos mucho. Nuestro sentido del humor se parece, como se parecen nuestras caderas, narices y ojos ojerosos.


En un momento me dijo que no entendía por qué en algunos lugares era invierno y en otros verano. Traté de explicárselo con una mandarina y un velador. Creo que me embarullé.
Ella me miraba atenta.
Después me dijo que cuando fue al sur y veía caer los pedazos de hielo del glaciar, se emocionó tanto que se puso a llorar y se abrazó con una mina que no conocía.
La naturaleza es tan bella.


Me sentí un poco boluda con mis explicaciones


Ojalá cuando sea vieja yo, sea tan abuela como Zulema-